Y leía el cuento de la vida que jamás se acaba. Las olas
iban grabando su sonido en mi mente, como si tuviera un disco puesto en la
gramola. Un pájaro me sobrevolaba inquieto, era el tiempo que temblaba al
pensar que no dejaba huella en mi existencia.
No había una técnica para vivir, por eso inventé los
instantes, perpetuándolos en una eternidad que nadie comprendía. El jazz me
había introducido en sus mundos extraños y azules, absorbiéndome en una espiral
infinita, donde no había un ángulo donde poderme esconder; donde poderme zafar de
la inmortalidad. Es entonces cuando decidí jugarme el corazón. Desde ese
momento, mi existencia tomó unas magnitudes que ni yo misma pude ya calcular.
Hada